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Soy un cactus.

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En la mitad del desierto, con un ambiente árido y desolador el último lugar donde esperarías encontrar ayuda o una mano reconfortante es en la apariencia espinosa y repelente de un cactus, sin embargo, es en él en el único lugar donde se puede encontrar agua a miles de kilómetros a la redonda.

Y así es la vida, un desierto desolado, terrible y asesino, sin ciudades ni oasis, donde el agua es escasa y los únicos lugares donde encontrarla es donde pareciera ser posible espinarse, pero donde, al superar esa barrera, muy dentro de él, puedes encontrar una fuente vital de ese precioso líquido para poder saciar tu sed y seguir viviendo.

De la misma manera que el cuerpo sin agua muere, nuestra esencia sin ese contacto verdadero con otros puede perecer. Es por ello que los cactus del mundo no deben ser vistos como repulsivos o fuentes de enojo, sino una posibilidad de descubrir su interior y nutrirnos de su esencia para enriquecernos y poder seguir viviendo.