Miradas resentidas (o Sistema de Transporte Colectivo Metropolitano)


 El rencor efervescente, aislado en cuerpos comprimidos que buscan el olvido de sí mismos, del momento, la evasion de los sentidos como civismo; latente a detonar con fuerza desmedida, en onda expansiva, replicable, una reacción en cadena.

Multitud, individuo y metro. Fotografía de Alejandro Breck
 Las miradas vacías, resentidas, ausentes. Las miradas del metro. Ansiosas de un momento de revancha, desquitarse, con quien sea, del dolor y padecimiento que cargan; ese retratado en un viaje obligado en compañía de muchas otras miradas penitentes, extrañas, ajenas, ¿muertas?... y tantas otras que se aproximan en mareas de carne trastocada, transgredida y transgresora. 



 Deseosas de una venganza irracional contra un objeto que puedan reducir, que puedan insultar, con el que puedan ser descorteses, todo para cambiar, exudar, toda esa frustración deshumanizante que se vive y absorbe compartiendo el espacio personal, la salud mental, la higiene individual, porque «no hay de otra, es lo que hay, es lo más rápido».

 Fracturar la realidad del individuo en una masa informe de rencores infantiles desechados como adultos sanguinarios. Disociando al mundo, al ser, a lo que se ve, se siente y lo que en realidad es –pero es eso, entonces, su realidad, o se convierte en ella–, para finalmente «entender» que así se ha de ser, en el metro y en la vida: descortés, oportunista, grosero, gandalla, canalla, hijo de puta.

 «Es preferible joder a que te jodan. Si uno no se pone chile, la gente se pasa. No hay que ser dejados.»

 Se puede observar, con tan sólo darse un poco de tiempo: ni una sonrisa en esas miradas de gesto rencoroso, endurecido, rostros violentos, terribles y hostiles, auto protectores, desconfiados, amenazar para hacer cara al desamparo, vulnerabilidad de la soledad en compañía desconocida. Los habrá fingidos, otros muy reales... así se aprende a vivir el metro, muestra representativa de población, una ciudad erigida en sangre, de la gente y de la tierra, el caos como guía.

 Ojos que no sonríen, que agreden, que buscan intimidar o rehuyen, imploran piedad a lo intangible y apelan a la misericordia de la bestia terrible que es la masa, la horda, otros, que si son –las más de la veces– masculinos, persiguen las caderas femeninas más cercanas.

La mirada resentida, la sonrisa ausente.
 Manos que empujan e insultan, provocan y retroceden milenios de evolución y civilización, proceder de gracia primitiva, y si son de algún pasado de lanza, agarran nalgas (indiferente el sexo). Provenientes, pertenecientes, a un pasado tan lejano en el tiempo como tangible en el cuerpo.

 ¿Héroes?¿Próceres?¿Fechas importantes? Sabrá Dios, son meras estaciones, escenarios cambiantes que únicamente representan tiempo restante, más o menos gente, un viaje apretujado... infernal.

 Estaciones, ¿estaciones? Las hay que jamás ve el individuo, el pasajero, el usuario, el ente deformado, impersonal, estadístico, pero ha atravesado más de mil veces. Meras pausas en el camino tortuoso y cotidiano.

 Caminos, recorridos, «funcionalistas» –¿Puede acaso algo que tortura y merma el alma funcionar?– que pretenden contener el cuerpo, olvidando el ser, como mera sustancia líquida que se amolda a un recipiente, cubriendo necesidades a medias. Parchar una fuga, provocar dos más. Responder a medias a un hambre del ente en detrimento de otra, en detrimento del ser mismo.

 Tiempo perdido, segundos valiosos, sí, valiosos, de vida, que no son desperdiciados a voluntad. Pasajes obscuros de minutos que mueren observando paredes viejas de pintura amarillenta y las entrañas de la tierra. Circular ciego en los túneles del suelo que hieren la libertad del individuo y la integridad de Gea.

 Horas, días, meses, años que transcurren sin ver la luz del sol, sin poder hacer de uno lo que se quiera, de desperdiciarse a gusto propio, de fracasar o trascender a voluntad. Creer que se debe sufrir, asumir que esa es la vida designada y sólo queda resignarse a los designios de quién sabe qué que lo ha puesto ahí y no va a cambiar y no se debe despreciar y se debe morir de a poco con la mirada gacha, vacía, resentida, ausente.




Comentarios

  1. El mismísimo infierno: caliente, subterráneo y lleno de almas torturadas. Me encantó tu descripción.

    Saludos.

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    1. Me voy a adueñar de ese frase, resumen tan conciso y acertado. Ya sabes que es un placer saber que me lees. Abrazo.

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