TRINIDAD & MUROS

Habrá que invocar a los teólogos; la sustancia de una idea en tres cuerpos. Identidades en la ontología platónica de el verbo. Mero recurso para garabatear lo sempiterno, igualmente absurdo –tan absurdo– como el recipiente de la idea.



La vehemencia visceral del inconsciente representa aún más una posible voluntad que las horas de procesar y refinar el crudo de lo que acontece al ser en su infinita complejidad sistémica; en sus diversas dimensiones, en su inagotable estructuración interna, externa y total. Esto con la justificación de tomar algún objeto de interés, necesario para sortear la tentación del blanco (o negro, para lo que se puede ser agorero o profeta).

Se empieza a leer de abajo hacia arriba (1/2)
Obviar faltas de ortografía (2/2)


Estoy convencido de que el lenguaje juega un papel fundamental en la forma de procesar ideas –e incluso el idioma/lengua madre en los rasgos particulares de asociación y construcción de las mismas. Donde el intangible de la mente –del ser– al buscar la comunicación empieza a estructurar lo que se convierte en pensamiento consciente, limitando el universo del ente a la semiótica. Es quizá en el Arte donde el proceso de comunicación busca un puente, para ese universo, a través de una semiosis lo suficientemente abstracta para apelar a lo más pleno (como un todo; primigenio, esencial e inasible; lo que escapa aparentemente a lo material) de los entes. En la literatura si bien se puede pretender alcanzar este puente, se depende todavía de la semiótica estructural de una lengua. Quizá la liberación ya se intentó con los poemas de Picasso, el Finnegans de Joyce, las poetizaciones de la prosa de Arreola, etc. Aunque creo más conveniente una disociación total; donde las palabras como cuerdas del campo común tan sólo guían a la invocación esencial ontológica [el meollo profundo del ser]. Un cuento –que adquiere dicho sustantivo como consecuencia de la forma en que se decide comunicarse–, podría tener tres identidades* para ser manifestado: a) primero en su esencia de idea (bosquejo que ya implica el proceso de estructuración), mero garabato del proceso mental compositivo; b) en su forma de narración (refinación de la idea en un cuerpo adscrito a más estructuración para tratar de alcanzar símbolos de significación hacia un algo que quizá no puede ser asido mediante ellos) y c) la disociación (mensaje pretendidamente directo de la creación: atajo a la sensación [un algo que rebasa las formas,  un cómo que se rebela a la representación]). Por ejemplo,

MUROS




a)

La inclemente sensación de angustia. Hay una irritante apreciación recurrente de no saber el lenguaje que los demás practican para excluirlo a uno; aunque hay una profundidad mayor, de esquizofrenia e indefensión. Un incomprensible desasosiego [la desesperación] de no pertenecer. Desesperación procedente de las distancias invisibles e insalvables que parecen separarlo a uno del resto. Como no participar en el club secreto al que todos los demás están suscritos. Esa preocupación casi animal de estar indefenso, a la obscuridad de un mundo sin sólidos reales y amenazas intimidantes. Ansiedad obscura.
Es, igualmente, ese presenciar los saludos secretos que uno no logra imitar, o aquellas claves del habla que uno desconoce y por lo que es empujado a las orillas; como si desconociera el código para acceder a la realidad de las sensaciones humanas... porque también aparenta, con una irrealidad e irracionalidad apabullante, el comportamiento como siempre superficial, como no auténtico o soso del resto, pero que pareciera ser en realidad el auténtico. Ese dilema de desconocimiento y desconcierto. Una paranoia infundada pero discapacitante [La misma palabra paranoia resta fuerza y es mucho más vulgar para lo que se asemeja más a una impotencia].
Todo ese inexplicable busca salida, desahogo. Estos influjos que se muestran a la consciencia para encaminar una manifestación. Pero este inexplicable es también alimentado por muchas cosas más procedentes del subsuelo del yo, algo quizá freudiano. Inevitablemente ligado al psique y su entidad en sí. Un subconsciente que se habrá de manifestar al momento de ejecutar una narración o creación, se quiera o, tal vez, no.
Entonces hay una necesidad de expresión, que escapa de momento a objetivos formales o metodológicos. Es pura sensación y pensamiento, que hallará encause a través de ejecución, la misma en la que surgirán símbolos y recursos procedentes de todo lo consciente y subterráneo de la mente. Una obra –si exitosa– sobre pasa los objetivos deliberados [dijo alguno].
¿Será necesario utilizar metáforas o analogías directas? ¿Simples juegos libres de toda formula de redacción para permitir los raudales de emociones?¿Es mejor el retrato de una circunstancia en particular, empática, que traduzca todo eso y en consecuencia los influjos externos y además el contexto del porqué?
¿Acaso la narración de una conspiración secreta que detona en circunstancias fantásticas, resultando en la angustia injustificada ante la poca importancia final del personaje?
¿Progresiones de un secuestro repentino que se ajusta a las crónicas de un presente –cuasi retrato costumbrista– que emana, ineludiblemente, la opresión de existir?
¿Un disparate surrealista, mero alarde para impactar, donde el mensaje se pierde en las formas que buscan más impresionar que contar?
¿Quizá el arte en todo caso está en la forma en que se expresa?¿Acaso con el absurdo de la vida es igualmente valido ser absurdo con cualquier cosa?
¿Será mejor crear una ñoñería complicadísima que retoma todos los cánones aprobados por la perrada intelectual, pero que garantiza una "propiedad" para perpetuar una idea que se reviste de complejidad?
¿Será pertinente la composición de un cosmos abstracto, alterno, aunque asible, haciendo jaleo de recursos ajenos para invocar una realidad aparente mortificando las secuencias con el mero gusto de hacer desmarques?
¿Conviene presentar una realidad que hace tan sólo lógica en sí misma, adversa al de lo perceptible, como si el texto tan sólo se encubriese de algún sentido en ese otro plano con reglas propias del mundo que simula para componer en ese adverso el despojo de cotidianidades; que con ello acusa forzosamente esa sensación primera que cataliza el esfuerzo por externalizarle en una construcción narrativa?
¿Es mejor ser leído y perpetuado, la aprobación social, o meramente desahogar los intestinos?

Finalmente la idea sólo gira, quizá, en la necesidad de una metáfora prolongada de claves que orbitan en torno al mismo [in]móvil:

  • Limitación de la vista/Prisión de los sentidos y el cuerpo -> impotencia, angustia, desasosiego.
  • Opresión, prisión de la mente, catastrofe existencial en la victimación y quebranto de la voluntad [ataque a la composición ontológica del yo].
  • Olvido, rechazo, desarraigo o simplemente no pertenencia: Falta de satisfacción de aquello primitivo [no comprensible] que motiva gran parte del discurrir biológico.
  • ETC




b)

1.- De todos los abismos, ese era el menos negro. Imposible comprenderlo con los ojos sacudidos y bañados en la oscuridad de la tierra roja. Bien podía ser cualquier potrero; infértil, terroso y anónimo.

Y entonces las sombras, los andares abatidos de rostros duros, apretujados a la peregrinación. Así, picando tierra, abatiendo las entrañas del abismo mismo sin la conciencia –mejor dicho: sin la necesidad o interés de saber– de su contribución a la oscuridad del mismo.

Sorprendentemente incapaces de empatía, las sombras raudas pero sensibles, se entrelazaban en ese todo absurdo de como telar infinito de colores ausentes, como la coalición ignorante de lo terrible. Arbustos leves, marchitos a la luz desestimada, tan sólo completaban un horizonte terriblemente común. Un lugar común universal, quizá la verdadera esencia de las sombras...

Andar dos pasos significaba tropezar con el vacío que formaba ese telar –presente a manera de mera referencia grisasea a los colores ya olvidados– como indiferente, pero siempre acertando al caminar de estos pasos. Una certeza de confabular para fingir desinterés pero con la imperante preocupación de no dejarse tocar.

Ya resignado a la intrascendencia, quedaba un poco de animo a la risa y la glotonería. Pero la ceguera de la tierra infiltrada a los ojos, a los oídos, a las narices, a cada poro de la piel, parecía ser recuerdo latente de lo escurridizo de toda certeza o deseo; y aún móvil del anhelo de oscuridad –sin la menor sospecha que bien podría tratarse de un blanco sordo y aletargado, exasperante por inagotable.

Esa luz directa que se profetizaba en los milenios pasados como recompensa a los buenos (si es que existía más que las sombras) tan sólo podía ser el peor de los infiernos: doble propósito: castigar a la consciencia fluctuante y premiar a los pasivos intrascendentes. El paraíso y el tormento son el mismo sitio.

O

2.- Adán, o Adam o Ahmed o Mao o Siegfried, renegaba todos los días de haber asistido a la universidad a cada palada con la que abatía la tierra árida, casi desértica, donde tenía que cavar junto a los otros 21 trabajadores [Había que ganarse la vida de alguna forma; había que soñar que cada palada lo podía acercar a abandonar trabajo tan impertinente.

A veces trataba de argumentar o simplemente comunicarse con el capataz (con los compañeros a lo sumo se podía compartir una sonrisa simplona) sobre alguna forma más eficaz de hacer todo el trabajo. A pesar de hablar la misma lengua el otro simplemente parecía –él sospechaba que quizá pretendía– no entender; perpetuando la tarea a la forma en que se había hecho desde el principio].




c)

«Viseras. Cantando la fuerza mareas iracundas. Posesión veleidoso de vericuetos incrementando las fuerias precipitados a la canto irreparable». NO. Mejor:

Enigmas desgastantes de las profundidades innecesarias. El absurdo cruento a las fronteras transparentes, invisibles, e inmensamente palpables. La abstención de la luna a las caricias vacías, vomitivas de la vida.

Profanar lo eterno con el aliento; atribular la paz prepotente, inmensa y lógica con el estornudo efímero de milagros llanos: la vulgaridad insoportable de lo extraordinario. Fuegos raudos; precipitaciones grotescas, afirmaciones de los abismos lactantes –aforismos de acertijo sin piezas; llaves nulas. Grito profundo de la angustia perpetua (del instante).

Engranes putrefactos que mantienen la lejanía calculada; de aspiraciones, de reflejos, de estruendos convulsos por una eternidad efímera. Desconcierto palpable en la informe cacería de espejismos. Brutales consignas de la luz palpitante y enfermiza, contraste del constante vacío que lo devora todo cual estrella muerta o hiena hambrienta.

No lo sé. No lo sé. No lo sé. ¡Definitivamente acertado!
Conspiraciones pertinentes de los muros negros. Procrastinación de la esencia. Subjuntivo adjetivado.
Anarquía predilecta, sensatez y prudencia: añorar la desgarradora de consciencias.

Ande la gracia de un fantasma que atormenta la nuca. Peregrinando las ausencias para lo que no será, ni estará, y mucho menos importará. Porque la cesta acampa desvalida; la impotencia agazapada de cinturones rojos.

Monstruosos los intentos que reconcilian exitosos el tormento. Féretro apacible de los componentes atados a la enzima. Veáse las cadenas irreparables de un premio –sublime– no deseado. Nadando la carrera aérea, no vislumbra el propósito o no recuerda el origen. Motivos de ultratumba, arrobados al acecho; necesariamente ocultos. Regocijante el fuego de los pernos.





PS. Puede que todo esto sea un poco más de las naderias del arte, de la filosofía, del pensamiento; las nadería humana en sí misma. Un poco signo de aceptar la locura. Cartografía encriptada del absurdo en sí. O puede que sea mera poesía ridícula que no quiero llamar tal porque se me presenta distinta a lo que entiendo por poesía en la consciencia –y porque me daría una vergüenza terrible escribir poesía. Como sea, les quería compartir.


Marruecos, enero 2017




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*En realidad las variaciones son sempiternas (como el universo mismo). Aquí apropiémonos de Borges como explicación (quizá Jardín de senderos que se bifurcan es el más certero), pero comparezcamos a una trinidad abrahámica para no amasar agua con las manos.


[¿]Epílogo[?]: No creo haber alcanzado lo que me proponía con la faceta de «disociación» (quizá lo más importante de toda la avalancha de palabras) del embutido que me da por llamar narración. Sin embargo, me parece un atisbo cercano de lo que pretende estar cercano a una escritura automática (sólo me viene a la memoria alegar precedente en Miró y sus obras –que por cierto no disfruto pero admiro).
Tan sólo espero que el exceso de manía por el trazo perfecto que retrate lo inasible no aniquile lo valioso –poco o mucho, pero que me aferro a predicar que existe–  y se difumine cual petardo que no detona.

Exeter, enero 2017

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