Ensayo 01.04.19 Arte, necesidad o necesario

Hay un dilema fundamental respecto a la experiencia estético-artística: ¿Necesitamos del Arte para poder ser?

La primera apariencia es que lo artístico es inherente a lo humano: siempre ha estado presente, ha encontrado manisfestaciones como experiencia y representación aún antes de que se acuñasen los términos de "Ars" o "tekné" –vocablos eminentemente del imaginario euro-occidental–, y aún como paralelismos a la idea consensada o dominante, apreciables en distintas geografías y concepciones cosmogónicas.

Obviando la necesidad de evaluación e historiografía semántica de lo que entendemos por Arte contemporaneamente y sus anacronismos aplicados a tiempos anteriores, resulta interesante aventurar un quid-razón de ser unificador: un puente conceptual para todas esas manifestaciones estético-artísticas. Ahí yace, pues, la cuestión entre un impulso irresistible individual por crear y comunicar, o un componente inalienable y constitutivo de una esencia.

Si bien podría resultar mucho más esclarecedor o pertinente –en lo metodológico o racional– perseguir una definición (¿es la palabra Arte suficiente para las dimensiones creadoras-expresivas que parece perseguir la humanidad como conjunto-sistema de individualidades?), o crear los límites conceptuales de la misma, sigue estando ese tema: el rol del proceso de creación-comunicación que se presenta en una búsqueda, necesariamente inmersa en un proceso y que resulta ineludiblemente en una experiencia...

Atinando a señalar estas debilidades claras, les comparto un brevísimo ensayo sobre esa divagación. Redactado para una clase de estética en un tiempo igualmente breve, de a penas par de horas, y con el pre-requisito de rango de cantidad de palabras, aunados a todas las limitantes que conlleva escribir bajo estas condiciones, es una idea semilla por explorar, susceptible a ser ampliada y enriquecida resulta una posibilidad de ahondar en ciertas direcciones.

Ensayo: Arte, ¿Necesario o necesidad?

        «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. […]»


 –Albert Camus; El Mito de Sísifo.

La existencia humana es irrelevante para el universo; aún si el universo percibido es producto de la consciencia humana, todo se dirige a un fin de nada absoluta, la nadería absurda de la eternidad. El resultado de la humanidad seguirá siendo la muerte física, sea cual sea el devenir de sus actos.

Existir es absurdo e intrascendente, excepto, para nosotros mismos. El ser humano, que vive y navega diversas experiencias en ese existir físico finito y absurdo, juzga que justo esos fenómenos del discurrir en el tiempo limitado de su ser tienen algún valor (puesto que es la máxima manifestación de relevancia que le es asible).Una de las angustias elementales de la consciencia humana está en ese juicio del existir, en admitirlo o asumirlo digno o valioso. Ya desde el primer momento de la consciencia han habido manifestaciones apremiantes de esta angustia elemental: los dioses, lo mitos, los cultos, los rituales religiosos y las cosmogonías que nos dotan de algún sentido, que afirman a la humanidad como algo pertinente, con un lugar en ese caos absurdo de la existencia.

La creación humana anhelante –en tanto que pretende ideas por encima de los usos mismos–, en torno a estas manifestaciones de la angustia existencial humana, tiene principalmente la preocupación de experiencia. Es decir, se prioriza ese proceso-de-experiencia de los sentidos y las ideas en torno a una temática que, si cambiante, siempre va en búsqueda de entender, vislumbrar o a penas, aunque sea, palpar un algo extra físico, los valores más allá de lo tangible (esa metafísica tan evasiva y cambiante ahí donde se ha hecho presente).

Presunciones sobre el quid del arte


Aún antes de que a algo le llamáramos arte, las manifestaciones de creación humana –aún en su naturaleza utilitarias– que se asumieran a por una experiencia sensible, ya pretendían, y se constituían por, el fenómeno de creación y comunicación como resultados de la búsqueda-proceso-experiencia de circunstancias metafísicas.Los valores cultuales y exhibitivos (Walter Benjamin, 1936. La obra de arte en su época de reproducibilidad técnica) si bien aparecen como conceptos en la época moderna, parecen continuidad de lo ya sucedido en las primeras creaciones que se mencionan. La mascara ritual, el drama total griego, la escultura del dios recipiente del sacrificio, la poesía épica y satírica de todos los pueblos; son todos ejemplos de como si bien a través de un valor cultual o exhibitivo, pretenden la misma noción de búsqueda-proceso-experiencia. Se vislumbran valores comunes en lo metafísico –preocupaciones de la angustia existencial– aunque diversos en sus temáticas: belleza, sublime, acogedor, sempiterno, incluso divertido, etc.


Sería posible afirmar que antes de ser llamado arte, después, ya conocido como arte en un paradigma limitante y, aún en sus constantes transformaciones hacia una disociación, se conserva la noción de búsqueda de ideas y sensibilidades, el proceso de cognición e interacción con aquellos y la experiencia en sí de abordar estas cuestiones –que a mayor o menor medida se desprenden de la angustia–.


Si bien contemporáneamente se ha heredado la idea del arte como objeto, este es meramente una consecuencia de la experiencia artística. Por lo cual las nuevas concepciones estético-artísticas parecen abiertas a esa disociación de “arte” con respecto a un objeto particular, parecen querer trascenderlo; un tanto al modo de la obra total dramática griega –búsqueda-proceso-experiencia pura–.En este contexto se podría asumir que La estetización del mundo (Gilles Lipovetsky, Jean Serroy. 2000) es una consecuencia de la aceptación más amplia de la parte de la búsqueda en términos mucho más globales, a un alcance de gran escala.


Entonces, ¿Necesitamos arte?



El cuerpo no morirá sin arte, pero el ser podría no encontrar razón alguna para seguir con vida. La angustia existencial navega en lo religioso, lo filosófico y lo artístico, como si todas estas partes, y las que faltan en la enumeración, fuesen en realidad variantes del mismo problema. En al arte pareciera que se puede navegar esas preocupaciones y angustias metafísicas bajo las banderas temáticas o de medios con los que se haga; incluso desde lo trivial, aún desde propósitos aparentemente vacuos –que en sí representan ya una postura ideológica y sensible–.

Así, en esta acepción aparentemente dramática e hiperbólica ¿Cuál es el nivel o alcance del arte en el campo de lo que se necesita? Puesto que lo individual y lo grupal parecen indisociables al grado de que antropológicamente se asevera que la individualidad total no existe (Marc Augé, 1992, Los no lugares, espacios del anonimato), estamos ante la disyuntiva de entender si el arte es necesario para la humanidad o es una necesidad individual, partiendo de que se trata de un constructo social, de consenso en común.

Si entendemos por necesario aquello que constituye inherentemente un algo, es decir forma parte forzosa e inevitablemente de ello, podríamos inclinarnos rápidamente a asumir al arte como algo necesario de la humanidad. Siempre ha estado presente, aún antes de ser llamado como tal, pareciera describir las facetas por las que ha pasado la humanidad e incluso se sostiene como inherente a ella.

Por otro lado, vemos cómo el arte dominante suele ser el de las clases altas, y el que pretende identificar a la humanidad más plenamente es producto de porciones pequeñas de la sociedad. Entonces, parece que no es “ese arte” el necesario de la humanidad y esboza negar a las otras clases sociales de lo artístico. Entonces tendríamos que hablar de una cuestión de necesidad individual (la satisfacción de un anhelo, deseo o impulso irresistible). Nuevamente, lo antropológico parece poner una noción crucial: el gusto, y el arte mismo, son consecuencia de la sociedad y su producción (Pierre Bourdieu, 2010. El sentido social del gusto), es decir, el mencionado consenso en común.

Pese a esto, observando empíricamente es posible enunciar que si bien el arte de galerías, el institucional, y las “necesidades culturales” son una cuestión de los extractos más favorecidos y privilegiados de la sociedad, todos los individuos de una u otra manera buscan y se sumergen en el proceso estético-artístico (sigue apareciendo el búsqueda-proceso-experiencia en las manifestaciones individuales en torno a lo artístico). Tchaikovsky es el arte clásico hegemónico entendido desde lo institucional como representativo de la humanidad, pero aún las clases obreras encuentran en su cantina segregada la búsqueda del momento sublime-trascendental-superior a través de la música popular. Sea una necesidad o algo necesario a lo humano: la cuestión es la experiencia, asumir que hay cosas que contribuyen a que valga la pena vivir.

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