DORMIR Y NO SOÑAR

ALGUNAS NOTAS SUELTAS 250819

Están esas noches sin sueños. Dormir sin consciencia. De nada. Estar al pasar el tiempo sin alarma, como en una tarde lánguida que parece haber durado cien años.

Por supuesto que pienso en Borges: aquellos que han hecho morir 1001 años, y al volver estiman una siesta de unas horas, quizá de un día. Quizá. Quizá el cuento lo recuerdo de otra forma, no como lo habría escrito Luis.

Pero hay noches en que no se sueña nada.

«La ofrenda» (1913) | Saturnino Herrán | MUNAL, INBA.


Se apelmazan las ansias de una consciencia eterna. La angustia de una abeja atrapada por sí misma en una lampara, como si te mirara  el infinito a la distancia. Quizá tan sólo estaremos en ese dormir sin sueño por un tiempo intrascendente... el suficiente para que se acabe ese infinito sin que nos demos cuenta.

Es quizá el miedo. Producto de un pensar. En una cosa que no nos pertenece. Es a penas un murmullo, un muy común instante que se evapora donde aparece esa idea pasmosa. Eternidad. Qué cosa tan difícil.

Hemos venido a nombrar ideas, algunas que ni siquiera podemos asir. Hemos venido a llamar sin  siquiera estar seguros de que sea. La oscuridad eterna, inconsciente, sin registro alguno, es quizá el límite definitivo de los tiempos; y el siempre no existe.

He pensado un poco en ese miedo absurdo, de estar atrapado en una luz perpetua, en ser conocedor de que nada acaba, de que las fabricaciones del tiempo ya no habitan en ese ahí.

Pero entonces la consciencia debería asumirse disuelta, aspirar a su muerte voluntaria una vez en lo eterno, perecer para el todo...

La cuestión del dormir sin sueño es que seguramente esa es la eternidad.

El infinito es quizá tan sólo no recordar, no pensar, no existir; dentro de todas las posibilidades sentir exactamente lo mismo que antes de nacer.


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Pero aún hay vánitas y hedonismo, promesas de la consciencia. Quizá alguna que otra voluntad adoptada que hay que mantener.

Merzouga 2017 + CDMX 2019


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